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Las lentes que mostraron a Leeuwenhoek un nuevo mundo


Publicado el 10/02/2011

Anton van Leeuwenhoek nació el 24 de Octubre de 1632 en Delft (Holanda), en el seno de una humilde familia. Cuando tan sólo tenía 16 años, su padre murió, dejándole como cabeza de familia. Por ello tuvo que abandonar la escuela y dedicarse de pleno al negocio familiar como pañero. Su poca formación le podría haber privado de una vida próspera, pero su hobby hizo que todo cambiara de la forma más inesperada. Leeuwenhoek construía lentes de gran aumento en su tiempo libre. Posiblemente no fuera el único que lo hiciera en aquella época, pero su habilidad y método fueron determinantes.

A mediados del siglo XVII, cualquier científico conocía las ventajas de una lente de aumento para explorar tejidos y materiales, pero las que utilizaban eran de una calidad mediocre. Por la contra, las lentes de Leeuwenhoek eran casi perfectas, hasta tal punto que podían llegar a ver hasta objetos aumentados entre 200 y 300 veces sin distorsionarse apreciablemente. El mecanismo que utilizaba para construir sus lentes era innovador. Leeuwenhoek tomaba varillas de cristal y las introducía en el fuego. Después extraía lentamente de ellas pequeños hilos de cristal, los cuales los volvía a meter al fuego consiguiendo pequeñas lentes de una perfección admirable. Con estas lentes, comenzó a observar todo lo que le rodeaba.


I: Anton van Leeuwenhoek

Sus primeras pruebas no arrojaron ningún dato de gran interés, en gran parte a causa de que su técnica de creación de lentes no estaba depurada. La primera observación notable tuvo lugar en 1665, cuando consiguió ver a través de uno de sus microscopios capilares de un ser vivo. Estos pequeños vasos sanguíneos, que conectan las arterias con las venas, ya habían sido descubiertos algunos años antes por William Harvey, pero Leeuwenhoek fue el primero en ver cómo la sangre pasaba por ellos con sus propios ojos.

Su curiosidad se mantuvo firme con los años, así como la mejora constante de sus lentes y su gran vista. Todo esto hizo que finalmente terminase descubriendo algo que, pese a haber estado al alcance de cualquiera, se había mantenido oculto durante toda la historia de la humanidad. En las gotas de agua comenzó a ver lo que él llamó animálculos. Eran pequeños seres con vida de diminuto tamaño que se movían por el agua dotándolo de una vida que jamás podría haberse imaginado.

Siguió observando distintos objetos y sustancias: raspaduras de diente, trozos de carne, cabellos, hojas, semillas, insectos. No perdía detalle de nada de lo que observaba, incluso a veces dejaba las muestras meses para ver la evolución de las mismas. Todo cuanto observaba era apuntado, dibujado y descrito con una precisión igualable a su técnica de crear cristales.


II: Microscopio de Leeuwenhoek

Así se mantuvo noche tras noche durante años. Su falta de formación le impedía escribir en latín para comunicarse con algún científico, pero su amigo Regnier de Graaf se propuso a ayudarle. Juntos escribieron cartas a la Royal Society hablándoles de los grandes descubrimientos de Leeuwenhoek. En un principio, la Royal Society mantuvo un gran escepticismo. ¿Cómo era posible que un pañero holandés estuviera avanzando más que cualquier científico cualificado?

Para ganarse la credibilidad de la asociación inglesa, Leeuwenhoek les regaló un total de 26 lentes para que ellos mismo pudieran observar lo que él les describía con sus propios ojos. En aquel momento, la Royal Society se rindió ante la evidencia. Leeuwenhoek fue admitido en la academia en 1680, y gracias a ello pudo mostrar al mundo sus descubrimientos: los glóbulos rojos, los espermatozoides, los infusorios e incluso el patrón de las fibras musculares. También descubrió otros muchos microorganismos, entre ellos las bacterias, aunque no encontró en ellas la relevancia que han desarrollado con el tiempo.


III: Microscopio de Leeuwenhoek según Henry Baker

El respeto de la comunidad científica permitió a Leeuwenhoek mantener una buena vida, pese a que nunca llegó a marchase de su Delft natal. Se dice que aprovechó su descubrimiento para ganar dinero, e incluso algo más. En una carta suya conservada, Leeuwenhoek cuenta cómo en una ocasión, después de haber invitado a una dama a cenar, le hizo mirar una gota de vinagre a través de uno de sus instrumentos. La mujer accedió, y al ver la cantidad de vida que contenía, juró que no volvería a utilizarlo para cocinar. Entonces Leeuwenhoek le intentó convencer de que era algo normal en la naturaleza, y la propuso mirar un poco del sarro de su boca al microscopio. Tras ello, la cita terminó en un desmayo de la dama.

Anton van Leeuwenhoek construyó a lo largo de su vida más de 400 lentes y más de 200 microscopios. Con su técnica para crearlos se ganó la admiración de medio mundo, pero nunca llegó a compartirla con nadie. De hecho, tras su muerte, su método para construir lentes no fue redescubierto hasta mediados del siglo XX. Murió con 90 años, en 1723, en la misma ciudad que le vió nacer, y actualmente sólo se conservan 9 de los microscopios que construyó en distintos museos.

Nota: Este artículo forma parte de la primera edición del Carnaval de Biología, celebrado en casa de Micro Gaia.

Fuentes y más información:


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2 comentarios

  1. Raven
    12/02/2011 @ 17:48

    Para mucha gente, y en especial para mi, es importante ver como la curiosidad, la paciencia y la técnica pueden llevar a una persona tan lejos. Y como para ser científico no es necesario ser un titulado. Igual que muchos titulados no son científicos. Una historia genial de alguien que pudo ver que más allá de lo que sus ojos podían ver existía todo un mundo pequeño, ¡pero a la vez enorme !

    Muchas gracias por participar en el Carnaval de Biología !

    [Responder]

  2. salma
    22/09/2011 @ 23:55

    seria bien tener todas las biografias resumidas no cren?

    [Responder]

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