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La epopeya de la evolución


Publicado el 13/05/2011

Ya lo dijo Sigmund Freud, cuando habló sobre las tres heridas del hombre. El ser humano hubo un tiempo en la historia en la que se creyó el centro de la creación, en la que él era lo único importante de todo lo que le rodeaba, pero la ciencia lo ha herido a lo largo de la historia demostrándole que la Tierra que habita no está en el centro del universo, y lo que más le dolió, que su propia especie no era más que una de muchas de un complejo proceso evolutivo.


I: Edward O. Wilson

Freud divagó mucho más allá, intentando poner su propia teoría del psicoanálisis a la altura de los grandes avances de Nicolás Copérnico y Charles Darwin, pero obviaremos esa parte para centrarnos en una reflexión en la misma línea hecha por Edward Osborne Wilson, uno de los grandes biólogos de la historia, que se puede leer en el prefacio de su autobiográfico El naturalista:

Tal como dijo de sí mismo el físico Victor Weisskopf, he sido un hombre feliz en un siglo terrible. Sin embargo, lo que a mí me preocupaba no eran las armas nucleares y los sobrecogedores avances tecnológicos, sino algo completamente diferente: ser testigo presencial de cambios transcendentales en la Naturaleza.

La Naturaleza con N mayúscula: el concepto, que para mí tiene dos significados. A comienzos de este siglo, los humanos todavía podían verse a sí mismos como seres trascendentes, ángeles caídos confinados en la Tierra en espera de redención, que llegaría por la vía del alma o por la del intelecto. En la actualidad, casi toda la evidencia científica relevante señala en la dirección contraria: habiendo nacido en el mundo natural, y evolucionado paso a paso en este mundo durante millones de años, estamos abocados a pasar el restro de nuestra existencia determinados por nuestra ecología, nuestra fisiología e incluso nuestro espíritu. En este sentido, el del modo de considerar el mundo natural, la Naturaleza ha experimentado un cambio radical.

A comienzos del siglo, la gente todavía creía que los recursos del planeta eran infinitos. Las montañas más altas aún no se habían escalado, nadie había descendido a las profundidades de los océanos y en las regiones ecuatoriales quedaban vastas extensiones de territorio virgen. En la actualidad, el mapa del mundo físico está completo y conocemos el alcance de nuestros recursos, cada vez más escasos. En el curso de un par de generaciones, la expansión de la población humana ha reducido las tierras vírgenes a unas pocas reservas naturales, cada vez más amenazadas. Los ecosistemas y las especies están desapareciendo al ritmo más rápido que se ha visto en 65 millones de años. Asustados por lo que hemos provocado, hemos empezado a cambiar de papel: de conquistadores locales a administradores globales. También en este segundo sentido, el de nuestra percepción del mundo natural como algo distinto de la existencia humana, la Naturaleza ha experimentado un cambio fundamental.

Y esto es la realidad. Aunque aún muchas religiones quieran que su fieles se sientan como la obra culmen de la creación, la realidad es que no somos más que una ínfima parte de un proceso evolutivo que empezó mucho más allá de la creación de la vida, o de la creación de la Tierra. Un proceso evolutivo que comenzó con el Big Bang.

En esta línea, Edward O. Wilson planteó en 1978 crear La epopeya de la evolución. Según Wilson, y otros muchos que le han seguido, la ciencia necesita plantar cara a las religiones. Todas ellas tienen una mitología asociada cargada de historias contadas por todo lo alto, mientras que la ciencia solo tiene un gran puñado de estudios y teorías científicas que intentan explican la historia del universo, la creación de la vida, y en conjunto, todo aquello que nos rodea.


II: Representación del Big Bang

Entonces, ¿por qué no creamos nosotros una mitología de la ciencia? Sería simplemente contar la historia desde el Big Bang hasta nuestros días de un modo que pueda competir con los grandes escritos mitológicos de las grandes religiones. Libros de texto que puedan ser leídos con fascinación, para que la gente no tenga que recurrir a falsas creencias y pueda simplemente disfrutar de lo maravilloso que es la propia realidad.

Por supuesto, la idea de Wilson tiene el peligro de todos aquellos que quieren montarse en el carro de la ciencia para sustentar sus religiones, como es el caso de aquellos que defienden el diseño inteligente. Pero la idea aún así es buena. ¿Por qué no estudiar en colegios e institutos el gran cuento de la evolución del universo? Simplemente un cuento, como otro cualquiera, con la diferencia que se conforma con representar lo impresionante que es la verdad.

Fuentes y más información:


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9 comentarios

  1. Miquel
    14/05/2011 @ 13:08

    Cuando no estemos nadie sabra que es un angel….

    [Responder]

  2. Demócrito de Abdera
    14/05/2011 @ 13:15

    Pues la idea es muy buena, una historia o un cuento que está respaldado por evidencias y no por invenciones subjetivas.

    [Responder]

  3. Kike
    15/05/2011 @ 21:46

    Interesante en este sentido todos los libros de richard dawkins, especialmente el ultimo, the greatest show on earth, precisamente concebido en forma de historia de la evolución.

    [Responder]

  4. cojudeces.com
    12/06/2011 @ 05:43

    Buen post, Milhaud. Acabamos de descubrir tu blog. Somos grandes admiradores de Bertrand Russell y de Richard Dawkins. Quizá pronto escribas algo acerca del concepto del “extended phenotype”.
    Otra idea para un post: la dificultad que tiene el ser humano de entender la función exponencial y el impacto de esta incapacidad en los recursos naturales.
    Saludos.

    [Responder]

  5. el brayan
    22/03/2016 @ 23:55

    fome

    [Responder]

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