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Hertha Nathorff: una doctora judía en la Alemania nazi


Publicado el 8/02/2011

Hay multitud de historias de judíos que vivieron en la Alemania Nazi. La mayor parte de las historias que se recuerdan son de exiliados con el ascenso de Hitler (como Berltolt Brecht o Albert Einstein) o de aquellos que tuvieron menos suerte, terminando con sus vidas en un campo de concentración (como Ana Frank o Kurt Gerron). Hoy, saliéndome de esa tónica, quiero contar la historia de Hertha Nathorff, una médico judía que intentó convivir con el régimen.

Hertha Einstein nació en Laupheim el 5 de Junio de 1895. Sus padres, Mathilde Einstein y Arthur Einstein, trabajaban en una fábrica de cigarrillos, y si bien eran de raíces judías, no practicaban el judaísmo, viviendo la vida como una familia alemana más. En 1914 se desplazó a Ulm, donde estudió el bachillerato en una escuela secundaria. En un principio tenía la intención de dedicar su vida a la música, pero finalmente su entorno la persuadió para que cursase medicina, sacando el título en la universidad de Heidelberg.

Tras terminar sus estudios ingresó en la Cruz Roja, y pocos años después le otorgaron un cargo de gestión de la misma. Simultáneamente estuvo trabajando en un hospital de maternidad donde conoció a Erich Nathorff, un médico judío jefe del Hospital de Moabit y encargado de la atención a la tuberculosis en el distrito berlinés de Tiergarten. Eric y Hertha contrajeron matrimonio a finales de 1923 y se desplazaron a vivir a Berlín. Allí, Dos años después, Hertha Nathorff daría a luz al único hijo de la pareja: Heinz Nathorff.


I: Hertha y Erich Nathorff

A comienzos de 1933, Hertha dirigía su propia clínica ginecológica con una capacidad para más de 150 pacientes. La situación en Alemania tras la gran depresión la preocupaba como a cualquier otro alemán, lo que le hizo confiar en Adolf Hitler de cara a las elecciones de aquel Enero. Tras el 30 de Enero, día en que Adolf Hitler fue nombrado Canciller de Alemania, las cosas comenzaron a cambiar.

Hertha comenzó a observar cómo poco a poco el boicot a los negocios de judíos empezaba a ser notable. Los pacientes de su clínica no tenían ningún reparo al realizar cualquier tipo de comentario antisemita, pero las cosas no se quedaron ahí, sino que siguieron empeorando. En abril de 1933, los establecimientos judíos ya no tenían prácticamente clientela que no fuera judía, y los cirujanos judíos habían sido expulsados de todos los quirófanos de hospitales regentados por alemanes arios.

Erich, el marido de Hertha, fue despedido del hospital en el que trabajaba, por lo que se vio obligado a trabajar por su cuenta. Hertha también perdió el empleo a tiempo parcial que tenía en una clínica de embarazos, aunque pudo mantener la clínic. Allí, las anécdotas no hicieron más que sucederse.

En mayo de 1933, una paciente de la clínica sufrió una crisis durante una visita médica. La mujer estaba en la consulta después de haber intentado suicidarse tras haberse enterado de que una vez había tenido relaciones sexuales con un judío, y creía que por ello no iba a poder mantener la pureza aria en su descendencia. Pocos días después otro paciente le dijo sin llegar a ruborizarse:

todo se arreglará el día que se arroje fuera de Alemania a todos los sucios judíos

En su entorno, las cosas no iban mejor. Un colega médico judío se suicidó al verse incapaz de continuar con la presión a la que le estaba sometiendo la sociedad. Poco tiempo después, una amiga de Hertha ingresó en un psiquiátrico después de que su novio, de raza aria, la dejase por su condición de judía.


II: Judíos detenidos la noche de los cristales rotos

A finales de ese año, una carta del gobierno alemán la prohibía que tratara a pacientes adscritos a la Seguridad Social. Muchos de sus habituales le mostraron gestos de apoyo en su última visita, e incluso le mandaron flores como si de su funeral se tratase. Inevitablemente eso supuso una gran caída en los ingresos de la familia Nathorff, empezando a aparecer los problemas económicos.

En los años siguientes, la dureza de la opresión empeoró notablemente. La Gestapo comenzó a registrar la casa de todos los médicos judíos que Hertha mantenía en la clínica, y todos aquellos que no lo eran fueron obligados a abandonar la clínica y unirse a las asociaciones del Reich. En la calle, las mismas pacientes que años atrás le habían llevado flores, le negaban el saludo por miedo a ser relacionadas con ambientes judíos.

El punto cumbre de esta persecución tuvo lugar entre el 9 y el 10 de Noviembre de 1938, en la noche de los cristales rotos. Aquella noche, Hertha y otros médicos judíos estuvieron asistiendo a los heridos y enfermos en Berlín. Ella se encargó de atender las llamadas telefónicas y coordinar las visitas a su marido. Cuando llegó el amanecer, la policía se presentó en su casa buscando a su marido. Éste, totalmente agotado después de la dura noche de trabajo, fue detenido por y llevado a los calabozos.

Dos días después, Hertha no sabía nada de su marido. En la policía tan sólo le decían que su Erich estaba detenido por “profanación racial”, por lo que hizo cola en el consulado estadounidense esperando conseguir un visado para ella y su hijo sin éxito. Pocos días después, recibió en su casa la visita de un hombre que le pidió dinero a cambio de retirar la denuncia. Ante la desesperación, Hertha le dio los pocos ahorros que le quedaba a la familia consiguiendo la libertad de su marido.


III: Hertha Nathorff

En la primavera de 1939, Hertha consiguió un visado para que su hijo marchase a Inglaterra, donde esperaba que su marido y ella pudieran reunirse en poco tiempo para viajar a Nueva York. Después de muchos papeleos y lucha, el matrimonio consiguió finalmente el visado. En la aduana, justo antes de comenzar su viaje, les obligaron a entregar todas sus pertenencias, perdiendo así la cubertería de plata y las pocas joyas que les quedaban.

A mediados de 1939, la familia llegó a Nueva York, donde tuvieron que olvidarse de sus títulos de médico por unos años para poder seguir adelante. Hertha trabajó como mujer de la limpieza para sustentar a la familia y pagar los estudios de inglés a su marido, con el fin de que pudiera conseguir un trabajo lo antes posible. Con los años la familia comenzó a prosperar, pero tras la guerra, no volvió a su país de origen.

En 1987, seis años antes de su muerte, Hertha Nathorff publicó su diario en alemán, donde cuenta toda esta dura historia con un final feliz.

Fuentes y más información:


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10 comentarios

  1. Toño
    8/02/2011 @ 23:43

    Una nota casi marginal: El libro “Los científicos de Hitler” de John Cronwell, que citas en la bibliografía, está traducido al castellano (con una traducción bastante mala, por cierto, como por desgracia es habitual en los libros de divulgación científica)

    [Responder]

  2. Toño
    8/02/2011 @ 23:46

    Otra nota: supongo que lo de “campo de refugiados” de comienzo es una errata, ¿no?

    [Responder]

    Milhaud Reply:

    @Toño, una errata de las buenas. Ya está corregido.

    [Responder]

  3. Clochard
    9/02/2011 @ 00:35

    Errata: donde dice: «pero las cosas no se quedaron ahí, si no que siguieron empeorando» debe decir «pero las cosas no se quedaron ahí, SINO que siguieron empeorando».

    [Responder]

  4. compton
    9/02/2011 @ 01:18

    Muy interesante tu artículo. La verdad es que me apasionan las historias y sucesos relacionados con la II Guerra Mundial.

    [Responder]

  5. James
    9/02/2011 @ 10:16

    El Holocausto es quizás la mayor exageración y saco de mentiras de nuestra historia. Sucesos como el de esta señora y mucho peores los tenemos todos los días en los periódicos, y no digo ya si retrocedemos en el tiempo. Pero está claro que el tema vende y es muy recurrido, hace llorar a esas almas sensibles incapaces de analizar las cosas en su dimensión real.
    Relacionado:
    http://forum.codoh.com/viewtopic.php?t=4759

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  6. norberto
    18/04/2016 @ 01:46

    En 1935-36 unos fisicos judios alemanes
    presentaron a las “autoridades” del famoso
    “reich de los mil años”, estudios para la
    fabricación nada menos que de la bomba atómica.
    Los genios nazis los rechazaron por ser judios.
    La imbecilidad del (om3m|3rda no tenía
    límites.

    [Responder]

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